Saturday, July 4, 2009

L'Enfant Terrible

La versión más aceptada por la comunidad era aquella extraída de la misiva que recibió Sir Horace Walpole, IV conde de Orford, fechada el día 13 de abril de 1768. Según palabras textuales de madame du Deffand (o cuasi-textuales, dispensen la atrevida aproximación), su excelencia el marqués "le ordenó que se desnudara totalmente. Ella se arrojó a sus pies rogándole que la respetara porque era una mujer decente. El la amenazó con una pistola que sacó del bolsillo y en esta forma la obligó a obedecer. Luego la amarró de pies y manos y la azotó salvajemente. Ya que estuvo bañada en sangre, él le aplicó un ungüento en las heridas y la dejó acostada". Etcétera, etcétera, etcétera.

Mi versión dista abismalmente de la ya mencionada.

Es cierto que el marqués de Sade, a quien yo, por ser de mi confianza y ponderación, llamo más bien Donatien, conoció a la prostituta Rose Keller cuando iba camino a su casa en Arcueil, y que, conmovido por el lóbrego estado de la "dama", decidió contratarla como ama de llaves. Y el testimonio de la llamada Rose Keller es cierto al afirmar su asombro cuando se encontró con las acolchonadas paredes y las ventanas reforzadas y duplicadas de los aposentos de Donatien. Pero no fue el asombro que ahora afirma que experimentó, similar al temor y la intranquilidad, sino un asombro incendiario que la ruborizó y le causó una concupiscente transpiración. De haber sentido tal intranquilidad, Keller habría preguntado con afán a qué se debían las paredes y las ventanas, por decir lo menos. En cambio, después de mirar alrededor con una inevitable sonrisa, buscó la mirada del marqués y le guiñó el ojo. ¿Acaso no intuye la res cuando va camino al matadero? Algún diálogo que ignoro sucedió y fue así como Donatien invitó a Keller al sótano. Una vez allí, ambos se prestaron a un juego de seducción que ya pintaba una peligrosidad insoslayable. Comenzó un reto de resistencia en el que cada uno se turnaba la descarga de tremendas bofetadas, el cual, por supuesto, ganó el marqués. A medida que Keller gemía de dolor y placer, Donatien apenas si podía disimular el bulto que se asomaba terco de su entrepierna. Entonces su excelencia sacó de un armario una fusta que enarboló con orgullo pero, al mismo tiempo, tanteando los intereses y reacciones de la moza quien, muy a su sorpresa, lanzó una larga carcajada y se dió vuelta, en cuatro patas, cual perra amodorrada, empinando el derriere hasta que el seno de las nalgas quedó abierto y desnudo de pudores. La intensidad de aquellos latigazos es inefable, pero no hubo gritos de dolor, sino gemidos de placer, cada vez más gozosos, cada vez más intensos. A estas alturas, el sexo de Donatien era un mástil de suma inflamación, y era una bestia de lidia en posición de embestir, pero el marqués no sucumbía al facilista recurso del coito. Más bien distraía la necesidad animal azotando con más fuerza a Keller, quien, a su vez, todo su tronco trémulo, se ahogaba en salivaciones orgásmicas.

Pero he aquí el infame paso a la insoslayable peligrosidad: Habiendo saciado el deseo, Rose Keller intentó ponerse de pie, pero un monstruoso azote en la espalda la mandó de bruces al suelo. El marqués de Sade, en la meseta de su proceso sexual, intensificó los azotes y los acentuó con vituperios escandalosos, irrepetibles, y fue cuando comenzó a ver la sangre brotar de las heridas que perdió la capacidad de raciocinio y se convirtió en un tremebundo animal espasmódico, babeante y eyaculante que, no por piedad sino por agotamiento, terminó por cesar la homicida empresa y desplomarse casi dormido. Al despertar, se encontró con el rostro patibulario de Keller, que al momento demandó una considerable suma de dinero por los favores sexuales y las heridas recibidas. El marqués, por supuesto, no accedió a entregar suma alguna de dinero y la sacó a empujones de su morada. El resto (desde ese mismo día, hace ya dos años, hasta el sol de hoy), es vox populi, la historia que cada uno de ustedes ha escuchado y repetido.

¿Que cómo sé yo todo esto? Sepan ustedes que las paredes acolchonadas y las dobles ventanas no eran los únicos extraños atributos de la casa del marqués Donatien Alphonse Francois de Sade. Estratégicamente puesto, un sistema cóncavo de espejos repetía cualquier reflejo desde cualquier ángulo de cualquier habitación, y fue así como la sucesión de fabulosas imágenes, desde el momento que Rose Keller entró a la morada, hasta el momento en que fue largada, llegaron hasta el diminuto rincón en el que yo me escondía, consintiendo en silencio una insoportable erección.

4 comments:

Adriana said...

Me encantan tus posts históricos

Adriana said...

Me encantan tus posts históricos

Eleafar Cananita said...

jajaja

†-..HaИΝibal Karas..-† said...

jajaja.... no puede ser!
aunque fue!