Los autómatas eran tres y eran idénticos. En la oscuridad del armario en que se escondían enrevesados, exhalaban la última humarada y se dormían pánicos. Amanecía y quien los imaginara, los maquinara y los construyera, caballero que respondía al nombre de Igor Chigorín, caminaba una media legua para conseguir agua, que le servía tanto para su aseo diario, como para cocinar y, por supuesto, alimentar las bestias mecánicas cuyos sistemas no resucitaban cada día de no ser por el vapor que propulsaba sus engranajes. Llegando a casa, se acercaba sigiloso a la madriguera de los autómatas, que ya tiritaban de sentir al caballero acercarse. Miedo infundado! Armatrostes cobardes! si yo vengo es a darles vida! a ofrecerles un poco de mi aliento cuasidivino y cosmogónico que, gracias a siglo y medio de neo-clasicismo, me facultan para ofrecerles la maravilla de ser ínfimamente parecidos a un humano! Y mientras duraba la diatriba, llenaba los contenedores de agua de cada uno de los autómatas y giraba ciertas palancas que, al activar poleas y generar fricción y calor, calentaban el contenedor hasta que el agua bullía y los pistones pateaban.
Despertaban los autómatas que eran tres y eran idénticos, y no sólo eso sino que además los tres se llamaban José María, y no sólo eso sino que además eran humillados con transgresiones de identidad sexual. Cualquiera podría jurar que los autómatas se sentían hombres; quien los viera sentía que eran hombres; al moverse, se movían como hombres; sin embargo, los tres autómatas llevaban peluca, falda y un corpino ajustadísimo que les maltrataba el aluminio del costillar, y adornado además de un par de glóbulos de goma. La falda de Jose María era azul, la del otro José María era roja, y la del tercero era verde. No habría mejor forma para diferenciarlos. Igor Chigorín pulsaba ciertas teclas en cada uno pero, para evitar equivocaciones, repetía sus comandos en voz alta y acariciaba sus bestias mecánicas hasta verlos entrar en acción.
Así pues, los autómatas formaban una fila y marchaban con cadencia de bailarinas de can-can, alzando las faldas para mostrar las rodillas, girando el rostro con coquetería, haciendo saltar las gomas en los corpinos. Jose María el de la falda roja seguía su camino hasta el piano y con suma destreza digitaba un repertorio que incluía varios conciertos para piano siendo entre ellos su preferido el Concierto para piano No. 21 de Mozart. Jose María el de la falda azul caminaba con gesto y posturas pensativas de un lado al otro del recinto, deteniéndose cada cierto tiempo (según lo indicaran los algoritmos que lo regían), para hacer una expresión de epifanía y, haciendo uso de un complejísimo sistema de cuerdas y cajas resonantes, ladraba con esfuerzo pro-humano numerosos poemas de Wordsworth y de Coleridge. Jose María el de la falda verde, con una sonrisa soldada en la lata de su rostro, seguía a Igor Chigorín por todas partes, sentándose en sus piernas, agarrándolo de la mano, abrazándolo, pero sometido a un comando malévolo e interminable que lo obligaba a suspender cualquier actividad, y comenzar a aplaudir enérgica y emocionadamente cada vez que cesaran los versos en ladrido, o la música del piano.
1 comments:
Post a Comment