Era todo músculos y pelos. La criatura yacía en medio del salón, como queriéndose dejar ver, y dejándose vencer por un profundo sueño. Todos nos fuimos acercando, asombrados, hasta casi tener la criatura a nuestro alcance. La música cesó, las conversaciones fueron callando y sólo sobrevivía un rumor que fue reduciéndose a suspiro y, por fín, un pétreo silencio. Dos preguntas nos formulábamos: Cómo había llegado la cosa aquella a la mitad del salón sin llamar la atención de nadie? y, por Dios, qué era esa cosa?
El silencio hizo el efecto contrario, pues en vez de poder acercarnos desapercibidos y poder atraparla, la cosa alzó lo que fuera su cabeza, una masa de colores térreos e invadida de protuberancias, y al instante abrió unos ojos enormes, pánicos, unos ojos de una humanidad que hasta esta noche me persiguen, me atormentan, me erizan la piel. La imagen chocante de una bestia enana que abría sus ojos angustiados nos arrancó a todos un gemido, y el gemido nuestro le arrancó un alarido a la cosa, cuyos ojos inmerecidos miraban a todas partes sin parpadear. El alarido fue aún mas horroroso que la mirada: fue una tos alargada, un auxilio de ahogado, una mujer agonizante.
Desesperada, la bestia brincó y se incorporó, y al momento salió corriendo - reptando, más bien - con dirección a las escaleras. Subió con trote desesperado, y fue a resguardarse bajo la oscuridad del segundo piso. Inmóviles, todos abajo mirábamos el techo como queriendo atravesarlo, para pillar a la cosa. Pero el miedo nos clavaba en la planta baja y sólo atinábamos a oir aterrados los golpes secos que delataban el merodeo de las pezuñas de la criatura, su torpe, acaso aterrorizado, deambular por los rincones de la segunda planta, hasta que todo fue silencio. Y pasaron largos minutos antes de que alguien volviera en sí y, creyendo haber sido víctima de alguna broma psíquica y colectiva, no pudo seguir creyendo lo que pensaba haber visto, y decidió subir.
Subió dubitativo, dando pasos largos, tanteando con cada escalón su coraje, apenas iluminado por su lámpara de gas, y se perdió en la oscuridad del segundo piso.
"Por el amor de Dios." Se le escuchó decir, pero con una calma que por algún motivo resultaba más tétrica que un alarido. Todos, que pretendíamos seguir los acontecimientos mirando fijamente al techo, bajamos la mirada por un momento y nos vimos los unos a los otros con incredulidad, pero pávidos todavía. De repente se escuchó un gemido, un ahogo. Y varios golpes contra muebles y paredes. Y una masa que parecía un tronco muerto comenzó a rodar por las escaleras. La masa, una raiz gigante, gorda, pero muerta, fue a parar a la mitad del salón. Tenía, sin embargo, forma de humano, y nuestra curiosidad nos obligó a acercarnos a inspeccionarla. Era el valiente! El que subió! en su cara se registró el gesto de un dolor insoportable. Al momento, la raíz comenzó a convulsionar estruendosamente y, nosotros pensando que adentro estaría atrapado el valiente tratando de escapar, comenzamos a golpear la raíz tratando de romperla.
Y entonces, al lograrlo, saltó hacia afuera una centena de ranas chiquitas y amarillas, que se lanzaron sobre los presentes. Dios, qué horrible fue! las ranas crecían frente a nuestros ojos, y se hacían gordas, y quienes las tocamos comenzamos a ver verrugas y mezquinos crecer en la piel, y convertirse en conchas de mar, en retazos de carne, en nautilinos y otros moluscos que, así como crecían, así mismo morían y se fosilizaban en nuestra piel. Sería acaso la raíz una fuente cosmogónica de demonios, porque el brote de bestias era incesante: a las ranas le siguieron una plaga de langostas descomunales, verdes y marrones, ruidosas, malignas, asesinas..Dios! qué asco! Los malditos grillos a mí, especialmente a mí, me desesperaban, aterrizaban en mis piernas y en mis brazos, y no sabía yo si lidiar con las ranas o sacudirme a los grillos. Y en esas mismas estaban los demás, mortificados, adoloridos, aterrados, y confundidos. Y por esa misma confusión no vimos a una serpiente gorda y blanca, que tranquila se deslizó hasta el umbral de la puerta principal, como queriendo bloquearla, y volteó a mirarnos a todos haciendo un ruido como de susurro. Tenía una boca extraña, enmarcada por dos picos o colmillos prominentes que salían de su nariz y su mandíbula, y unos ojos de reptil, pero grandes y expresivos, humanoides, divinos, ojos de presciencia.
Qué no daría por haber tenido una premonición? Por no haber asistido? Era todo esto verdad? Creo que todos nos preguntábamos eso. La culebra abrió la boca y entonces, con voz profunda, monárquica proclamó:
"Bienaventurado el hombre que teme a Dios; mas el que endurece su corazón, caerá en el mal."
Y entendimos entonces que ya era muy tarde para buscarle respuesta a aquellas preguntas.
1 comments:
¿Dónde estás?
Post a Comment