Tuesday, December 13, 2011

Una balada

Le miro los ojos, rubicundos, hambrientos, desesperados. El gesto de su rostro es evidencia de siglos de existencia vana, del galope inquietante de la muerte. Su nariz, mientras no se le vea de perfil, es el único atisbo de que alguna vez hubo juventud. Sus labios están resecos, partidos, incapaces de besar. El cuello es una pradera de barba interrumpida, infartada, que creció a medias. Sus hombros fueron la cruz de un toro de lidia, llenos de fuerza y bravura, listos para recibir cualquier arremetida. Esos hombros son ahora un desierto lunar, estéril y accidentado. "La noche se nos vino encima, y ni cuenta me di de la puesta del sol". Pero un alma tan condenada no puede recibir el tiro de gracia de saber su propia muerte. Entonces miro de nuevo esos ojos rubicundos, miro ese rostro con desprecio y reproche, y por fin doy vuelta para dejar el espejo atrás.

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