Desde el país del Pocabuy y el Magdalena, los esclavos de furibunda lascivia bajaban, encadenados o libertos, buscando mujeres con quienes pudieran mitigar las penas. El silbido se convirtió en melodía, la melodía en una danza de cortejo. Era un movimiento atrevido de caderas y un repetitivo roce de muslos. El fatídico ritmo, irresistible, intolerablemente exquisito, descendiente bastardo de Guinea, reptó por las piernas, se coló por las uretras de los penes y las vaginas, violentó estómagos y corazones, y llegó a morar en los sesos hasta que el verbo se hizo sustantivo.
Aprendimos a llamarle cumbia.
Muchas resmas bucólicas y algunos siglos después, en pleno furor del vigésimo, María regresaba a Bucaramanga de su luna de miel con José, el Tapatío. Los recibieron del largo viaje con una verbena que para poder ser necesitó de dos cuadras enteras sin tráfico y una treintena de mesas de seis plazas. Con el perdón de los ávidos de minucias descriptivas, quien les transcribe estas memorias se limita a comentar que las viandas eran excesivas y variadas, y el licor igualmente surtido. Los recién casados parecían pasar una excelente velada, pero como nadie sabe la cruz que carga el otro, lo más seguro es que ni las amigas más íntimas de María, que la habían rodeado para ponerse al tanto en todos los chismes de barrio y los detalles de la luna de miel, percibieron la callada manera de la esposa, que evitaba miradas y apenas sonreía. Así mismo, pocos o acaso nadie sabría de lo que moraba en la cabeza de José, el Tapatío, explayado entre sus amigos, medio mareado, mientras se relamía los bigotes mientras su mirada se anclaba permanente en su esposa.
Y de repente lo inevitable: una cumbia barroca, de órganos graves, voluptuosa, comenzó a retumbar en el aire, y Juan comenzó a caminar hacia María, para sacarla a bailar. Al ver a su ex-novio acercarse, María, que había rezado para que no se materializara lo que hacía unas horas era una preocupante premonición, se puso lívida y sólo atinó a buscar la mirada de su marido que seguía sentado, pero enrojecido y con un rictus de incredulidad al ver la atrevida decisión de aquél hombre; al caer en cuenta de la mirada pánica de su mujer, asintió pontíficamente y siguió quieto como toro de lidia queriendo tantear qué tan bueno era el torero con la capa. La mano trémula correspondió a la mano viril que la invitaba. La cintura fría se dejó calentar por el brazo firme que la atrapaba. El ombligo de María comenzó a sentir la hombría de Juan y, en medio del silencio que nunca quebrantaron ninguno de los dos, sus miradas se cruzaron y ambos se dieron de frente con una montaña de cenizas que todavía quedaban incandescentes. No sé si fue intencional o no, pero hoy podría asegurar que el detonante fue el gesto, al parecer inocuo, que hizo María al deslizar la mano por el pecho de Juan. Entonces José, el Tapatío, se abalanzó sobre la pareja como queriendo acabar con los dos, pero, en un instante providencial, alcanzó a serenarse un poco y, en cambio, con gesto tosco apartó a Juan de su mujer mientras la abrazaba y se acomodaba él para continuar el baile. En seguida, María tuvo la imagen de un espejo quebrándose, pero volvió a sí, la faz yerta, la nariz sofocada por el anís y las mejillas hastiadas de los labios grasosos de su marido. Buscó un respiro donde no debió: en los ojos de Juan, y su marido la pilló. Enfurecido, la lanzó hacia el grupo de hombres donde estaba Juan, insultándola, regalándola, mandándola a que bailara esa música pecaminosa y maldita con quien quisiera y como quisiera, como lo hacen las rameras. Queriendo ser rebelde pero llena de miedo, María se puso a bailar con todos, por turnos y a la vez, y la tocaban, le besaban el cuello y los hombros, las manos le acariciaban los costados y la baja espalda, los muslos se entrelazaban. Fueron segundos, pero para José, el Tapatío, esas imágenes se sucedieron en una eternidad y, despertando furibundo de la emborrachada quietud, fue en busca de su mujer, no para rescatarla del pulpo de tentáculos ganosos, sino para ejercer él mismo el castigo. En medio de las miradas horrorizadas, comenzó a meter la mano debajo de la falda de María mientras la aprisionaba por el cuello con la otra. Su ebriedad se hacía evidente por las torpes embestidas que daba con su pelvis, como queriendo penetrar. Con sus gritos y sus insultos callaba el llanto y los gritos de auxilio de María, mientras ella forcejeaba contra su marido y con sus manos se defendía de la mano abusiva de José, el Tapatío, que pellizcaba y agarraba por todas partes. Juan, que parecía el único que se sacudió la peligrosa modorra del licor, corrió hacia los recién casados y alcanzó a separar a María de su marido, mientras la emprendía a golpes contra José, el Tapatío, que hacía lo suyo por defenderse.
Cuando la sordera pasó y le siguió un molesto silbido, todos entendieron la causa de semejante estruendo: José, el Tapatío yacía en el suelo con la cabeza abierta y humeante, y un charco de sangre que crecía rápidamente mojaba el pavimento. Juan, pávido, dio un brinco hacia atrás y con desespero se limpió las manos que alcanzaron a untarse de sangre. En medio de la confusión y el llanto de María, todos buscaron la proveniencia de aquella bala certera y fatal, y calle arriba, ni siquiera corriendo sino con un trote tranquilo, un hombre cruzaba hacia la izquierda, buscando la avenida, para perderse en el anonimato.
Fui yo aquel buen vecino.
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7 hours ago