Wednesday, December 2, 2009

La Orgía de Bucaramanga

Desde el país del Pocabuy y el Magdalena, los esclavos de furibunda lascivia bajaban, encadenados o libertos, buscando mujeres con quienes pudieran mitigar las penas. El silbido se convirtió en melodía, la melodía en una danza de cortejo. Era un movimiento atrevido de caderas y un repetitivo roce de muslos. El fatídico ritmo, irresistible, intolerablemente exquisito, descendiente bastardo de Guinea, reptó por las piernas, se coló por las uretras de los penes y las vaginas, violentó estómagos y corazones, y llegó a morar en los sesos hasta que el verbo se hizo sustantivo.

Aprendimos a llamarle cumbia.

Muchas resmas bucólicas y algunos siglos después, en pleno furor del vigésimo, María regresaba a Bucaramanga de su luna de miel con José, el Tapatío. Los recibieron del largo viaje con una verbena que para poder ser necesitó de dos cuadras enteras sin tráfico y una treintena de mesas de seis plazas. Con el perdón de los ávidos de minucias descriptivas, quien les transcribe estas memorias se limita a comentar que las viandas eran excesivas y variadas, y el licor igualmente surtido. Los recién casados parecían pasar una excelente velada, pero como nadie sabe la cruz que carga el otro, lo más seguro es que ni las amigas más íntimas de María, que la habían rodeado para ponerse al tanto en todos los chismes de barrio y los detalles de la luna de miel, percibieron la callada manera de la esposa, que evitaba miradas y apenas sonreía. Así mismo, pocos o acaso nadie sabría de lo que moraba en la cabeza de José, el Tapatío, explayado entre sus amigos, medio mareado, mientras se relamía los bigotes mientras su mirada se anclaba permanente en su esposa.

Y de repente lo inevitable: una cumbia barroca, de órganos graves, voluptuosa, comenzó a retumbar en el aire, y Juan comenzó a caminar hacia María, para sacarla a bailar. Al ver a su ex-novio acercarse, María, que había rezado para que no se materializara lo que hacía unas horas era una preocupante premonición, se puso lívida y sólo atinó a buscar la mirada de su marido que seguía sentado, pero enrojecido y con un rictus de incredulidad al ver la atrevida decisión de aquél hombre; al caer en cuenta de la mirada pánica de su mujer, asintió pontíficamente y siguió quieto como toro de lidia queriendo tantear qué tan bueno era el torero con la capa. La mano trémula correspondió a la mano viril que la invitaba. La cintura fría se dejó calentar por el brazo firme que la atrapaba. El ombligo de María comenzó a sentir la hombría de Juan y, en medio del silencio que nunca quebrantaron ninguno de los dos, sus miradas se cruzaron y ambos se dieron de frente con una montaña de cenizas que todavía quedaban incandescentes. No sé si fue intencional o no, pero hoy podría asegurar que el detonante fue el gesto, al parecer inocuo, que hizo María al deslizar la mano por el pecho de Juan. Entonces José, el Tapatío, se abalanzó sobre la pareja como queriendo acabar con los dos, pero, en un instante providencial, alcanzó a serenarse un poco y, en cambio, con gesto tosco apartó a Juan de su mujer mientras la abrazaba y se acomodaba él para continuar el baile. En seguida, María tuvo la imagen de un espejo quebrándose, pero volvió a sí, la faz yerta, la nariz sofocada por el anís y las mejillas hastiadas de los labios grasosos de su marido. Buscó un respiro donde no debió: en los ojos de Juan, y su marido la pilló. Enfurecido, la lanzó hacia el grupo de hombres donde estaba Juan, insultándola, regalándola, mandándola a que bailara esa música pecaminosa y maldita con quien quisiera y como quisiera, como lo hacen las rameras. Queriendo ser rebelde pero llena de miedo, María se puso a bailar con todos, por turnos y a la vez, y la tocaban, le besaban el cuello y los hombros, las manos le acariciaban los costados y la baja espalda, los muslos se entrelazaban. Fueron segundos, pero para José, el Tapatío, esas imágenes se sucedieron en una eternidad y, despertando furibundo de la emborrachada quietud, fue en busca de su mujer, no para rescatarla del pulpo de tentáculos ganosos, sino para ejercer él mismo el castigo. En medio de las miradas horrorizadas, comenzó a meter la mano debajo de la falda de María mientras la aprisionaba por el cuello con la otra. Su ebriedad se hacía evidente por las torpes embestidas que daba con su pelvis, como queriendo penetrar. Con sus gritos y sus insultos callaba el llanto y los gritos de auxilio de María, mientras ella forcejeaba contra su marido y con sus manos se defendía de la mano abusiva de José, el Tapatío, que pellizcaba y agarraba por todas partes. Juan, que parecía el único que se sacudió la peligrosa modorra del licor, corrió hacia los recién casados y alcanzó a separar a María de su marido, mientras la emprendía a golpes contra José, el Tapatío, que hacía lo suyo por defenderse.

Cuando la sordera pasó y le siguió un molesto silbido, todos entendieron la causa de semejante estruendo: José, el Tapatío yacía en el suelo con la cabeza abierta y humeante, y un charco de sangre que crecía rápidamente mojaba el pavimento. Juan, pávido, dio un brinco hacia atrás y con desespero se limpió las manos que alcanzaron a untarse de sangre. En medio de la confusión y el llanto de María, todos buscaron la proveniencia de aquella bala certera y fatal, y calle arriba, ni siquiera corriendo sino con un trote tranquilo, un hombre cruzaba hacia la izquierda, buscando la avenida, para perderse en el anonimato.

Fui yo aquel buen vecino.

Wednesday, September 30, 2009

Desde Aquí, el Valhalla! Desde Aquí, el Hel!

"Fuimos una centena los sepultados bajo las nieves perpetuas. Nuestros cuerpos han de seguir escondidos bajo el manto blanco y nórdico que con nadie es pío. Lo que quedó, invisible, intocable, inviolable, son unas voces intransigentes de dolor y de llanto que rescataron las valquirias. Y apretados entre sus divinas garras, gritábamos:

"...Desde aquí, el Valhalla!

"Y reposamos sobre la brisa que muestra el porvenir y vimos la reconstrucción de las ruinas y la luz que primero chispeaba, la vimos multiplicarse, hacerse más incandescente, titilante, y convertirse en rayos y centellas.

"Y al ver esas imágenes gozosas decidimos descansar."


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"Fuimos una miríada los astutos que reptamos sobre los claros y las piedras y nos escondimos bajos las nieves perpetuas. Silentes, atentos, temerosos, mirando a nuestros hermanos caer agonizantes y manchar el blanco de sangre, negra bajo la luz de la luna. Los ojos rubicundos, buscándonos a nosotros, los otros, los incapaces de luchar. Y cuando las espadas cesaron de blandir, y se hizo el silencio, corrimos felices en dirección al país.

"...Desde aquí, el Hel!

"Y la tierra se abrió vomitando una luz rojiza y putrefacta y sus lenguas salieron en busca de nosotros, y el cuerpo fue una inmensidad de dolor, insoportable, y entendimos, caminando entre los Nastrond, el castigo a los cobardes.

"Desde entonces, y hasta siempre jamás, nuestro lóbrego lamento."

Monday, August 31, 2009

Historia Breve de Un Amor Conciso Que Fue Tan Concreto Que No Alcanzó A Ser Amor

Erase una vez un hombre que tenía una patológica afición a las nalgas.
Y una mujer que, de tantas represiones infantiles, hacía amores silentes.
Y una cama delatora que hacía un escándalo de tornillos y resortes.
Y un cuarto que nunca dejó de oler a almizcle.
Entonces un día todavía no eran nada, pero igual se revolcaron.
Entonces él la puso en varios números y desafió varias leyes de la física.
Entonces ella se aguantó las ganas de llorar y más bien mordió.
Y entonces se fue él para su casa,
Y hasta el sol de hoy.

Saturday, July 4, 2009

L'Enfant Terrible

La versión más aceptada por la comunidad era aquella extraída de la misiva que recibió Sir Horace Walpole, IV conde de Orford, fechada el día 13 de abril de 1768. Según palabras textuales de madame du Deffand (o cuasi-textuales, dispensen la atrevida aproximación), su excelencia el marqués "le ordenó que se desnudara totalmente. Ella se arrojó a sus pies rogándole que la respetara porque era una mujer decente. El la amenazó con una pistola que sacó del bolsillo y en esta forma la obligó a obedecer. Luego la amarró de pies y manos y la azotó salvajemente. Ya que estuvo bañada en sangre, él le aplicó un ungüento en las heridas y la dejó acostada". Etcétera, etcétera, etcétera.

Mi versión dista abismalmente de la ya mencionada.

Es cierto que el marqués de Sade, a quien yo, por ser de mi confianza y ponderación, llamo más bien Donatien, conoció a la prostituta Rose Keller cuando iba camino a su casa en Arcueil, y que, conmovido por el lóbrego estado de la "dama", decidió contratarla como ama de llaves. Y el testimonio de la llamada Rose Keller es cierto al afirmar su asombro cuando se encontró con las acolchonadas paredes y las ventanas reforzadas y duplicadas de los aposentos de Donatien. Pero no fue el asombro que ahora afirma que experimentó, similar al temor y la intranquilidad, sino un asombro incendiario que la ruborizó y le causó una concupiscente transpiración. De haber sentido tal intranquilidad, Keller habría preguntado con afán a qué se debían las paredes y las ventanas, por decir lo menos. En cambio, después de mirar alrededor con una inevitable sonrisa, buscó la mirada del marqués y le guiñó el ojo. ¿Acaso no intuye la res cuando va camino al matadero? Algún diálogo que ignoro sucedió y fue así como Donatien invitó a Keller al sótano. Una vez allí, ambos se prestaron a un juego de seducción que ya pintaba una peligrosidad insoslayable. Comenzó un reto de resistencia en el que cada uno se turnaba la descarga de tremendas bofetadas, el cual, por supuesto, ganó el marqués. A medida que Keller gemía de dolor y placer, Donatien apenas si podía disimular el bulto que se asomaba terco de su entrepierna. Entonces su excelencia sacó de un armario una fusta que enarboló con orgullo pero, al mismo tiempo, tanteando los intereses y reacciones de la moza quien, muy a su sorpresa, lanzó una larga carcajada y se dió vuelta, en cuatro patas, cual perra amodorrada, empinando el derriere hasta que el seno de las nalgas quedó abierto y desnudo de pudores. La intensidad de aquellos latigazos es inefable, pero no hubo gritos de dolor, sino gemidos de placer, cada vez más gozosos, cada vez más intensos. A estas alturas, el sexo de Donatien era un mástil de suma inflamación, y era una bestia de lidia en posición de embestir, pero el marqués no sucumbía al facilista recurso del coito. Más bien distraía la necesidad animal azotando con más fuerza a Keller, quien, a su vez, todo su tronco trémulo, se ahogaba en salivaciones orgásmicas.

Pero he aquí el infame paso a la insoslayable peligrosidad: Habiendo saciado el deseo, Rose Keller intentó ponerse de pie, pero un monstruoso azote en la espalda la mandó de bruces al suelo. El marqués de Sade, en la meseta de su proceso sexual, intensificó los azotes y los acentuó con vituperios escandalosos, irrepetibles, y fue cuando comenzó a ver la sangre brotar de las heridas que perdió la capacidad de raciocinio y se convirtió en un tremebundo animal espasmódico, babeante y eyaculante que, no por piedad sino por agotamiento, terminó por cesar la homicida empresa y desplomarse casi dormido. Al despertar, se encontró con el rostro patibulario de Keller, que al momento demandó una considerable suma de dinero por los favores sexuales y las heridas recibidas. El marqués, por supuesto, no accedió a entregar suma alguna de dinero y la sacó a empujones de su morada. El resto (desde ese mismo día, hace ya dos años, hasta el sol de hoy), es vox populi, la historia que cada uno de ustedes ha escuchado y repetido.

¿Que cómo sé yo todo esto? Sepan ustedes que las paredes acolchonadas y las dobles ventanas no eran los únicos extraños atributos de la casa del marqués Donatien Alphonse Francois de Sade. Estratégicamente puesto, un sistema cóncavo de espejos repetía cualquier reflejo desde cualquier ángulo de cualquier habitación, y fue así como la sucesión de fabulosas imágenes, desde el momento que Rose Keller entró a la morada, hasta el momento en que fue largada, llegaron hasta el diminuto rincón en el que yo me escondía, consintiendo en silencio una insoportable erección.

Monday, June 15, 2009

Invectiva En Un Solo Aliento

(y de ser posible, en una sola nota)




A continuación una eufórica exclamación de guerra de una legión de payasos recientemente desempleados por culpa de una osada y de por sí bastante inútil e infructuosa pretensión de huelga con la que buscaban al menos un ápice de igualdad tanto en la forma como en el trato que se les daba y que en nada se igualaba a la de los temibles y respetados domadores de bestias o a los malabaristas de pinos incandescentes o cuchillos de carnicero y sin olvidar el evidente abismo salarial que sistemática y gradualmente se acrecentaba entre los unos y los otros rubros que conformaban la que en otrora fuera el gran emporio del entretenimiento entre feudos y burguesías pero que ahora se han reducido a la troupe deprimente y viciada que repite espectáculos y rutinas histriónicas bajo una carpa decimonónica que se pudre bajo el sereno y se llena de voces fantasmales y del claquear de costillares enjau!ados cuales fieras reposando una portentosa cena:


¡Esta es una eufórica exclamación de guerra lanzada al firmamento en contra del sistema y la institución que a nosotros los payasos recientemente nos ha desempleado por culpa de una bien intencionada pretensión de huelga con la que buscamos al menos un ápice de igualdad tanto en la forma como en el trato que se nos da y que en nada se iguala a la de los domadores de bestias o a los malabaristas de pinos incandescentes o cuchillos de carnicero y sin olvidar el evidente abismo salarial que sistemática y gradualmente se acrecenta entre ellos y nosotros los que conformamos la que en otrora fuera el gran emporio del entretenimiento entre feudos y burguesías pero que ahora nos vemos reducidos a la troupe deprimente y viciada que repite espectáculos y rutinas histriónicas bajo una carpa decimonónica que se pudre bajo el sereno y se llena de voces fantasmales y del claquear de costillares enjaulados cuales fieras reposando una portentosa cena!

Friday, May 8, 2009

Parábola De Un Tal David, Que Saborea La Mantequilla De Atrás De Las Orejas

Es esta la parábola de un tal David, que un día se rascó detrás de las orejas y sintió la piel resbalosa y húmeda, y una película de grasa le cubrió la yema de los dedos, y se frotó las yemas sintiendo la fricción de la película de grasa, y luego acercó la yema de los dedos a su nariz y sintió un olor salado que le produjo una profusa salivación, razón por la cual no pudo contener las ganas de pasar la lengua por el índice, por el pulgar, y chupar los dedos hasta que de aquel sabor no quedara nada. Le pareció imposible que sus secreciones fueran de sabor tolerable y casi comestibles, así que decidió descubrir que tanto de su cuerpo era comestible. Se desnudó, se lavó las manos, se rascó el cabello y probó, y escribió en su libreta. Pasó los dedos por las muelas, probó, y escribió en su libreta. Raspó la mantequilla de atrás de las orejas, la de las comisuras del cuello, la concupiscente salsa del ombligo, el queso de la ingle y el glande, olió y probó, y anotó en su libreta. Y el índice precursor bajó por el escroto hasta llegar al valle de las nalgas que el tal David sospechaba de flora y fauna como en la Cucaña y, en efecto, descubrió el bálsamo metálico que con rigor científico olió y probó, y anotó en la libreta.

Una centella de luz le atravesó el seso y dedujo entonces lo que es el amor: El amor es el mecanismo por el cual el hombre pretende volver a la nutrición autótrofa, como las embriofitas, y como el niño gordito, o la señora deprimida, el hombre, para saciar tal necesidad busca pues el plato más gustoso, cosa que los laicos llaman atracción y que no es otra cosa más que el cocodrilo que acecha a la mejor cebra, no para tirársela, sino para almorzársela, pero nosotros no, nosotros no sabemos almorzarnos al prójimo, sino arrinconarlo en los baños y buscarle las secreciones, pero no me lo creo, he de confirmarlo con mi costilla. Y éste tal David llamó a su costilla, que vino con esperanzas de cine, o de una cena en las afueras, o por lo menos una buena zarandeada en la playa, pero resulta que el tal David le pide que se desvista, y ella muy sumisa hace lo pedido, y se queda expectante, indefensa, esperando el golpe, pero no, siente el dedo detrás de la oreja, y oye una aspiración y un chasquido de lengua y un bolígrafo pasando por papel, y luego el dedo sacando mantequilla del cuello, y salsa del ombligo, y queso de la ingle, y bálsamo del culo, y a continuación la aspiración, el chasquido de lengua, la anotación.

Pues sí, como lo había sospechado, las sales y los dulces y los óxidos eran los de su preferencia. Demandó a su costilla que no se moviera, y el tal David decidió avanzar un paso más, definitivo y gigantesco, en el juego de la evolución. Con gesto tremebundo se abalanzó sobre su cebra, abrió las fauces y clavó los incisivos y los caninos. Alcanzó a sentir la piel desgarrándose pero una bofetada frenó en seco su proceso y lo obligó a recobrar la cordura, pero no la cordura cordura, sino una que ahora lo hacía concluír que era la mantequilla de atrás de sus orejas por la que tantos lo buscaban, le hablaban, le prestaban atención. Se lo querían comer, porque los cocodrilos también buscan la nutrición autótrofa, y no le quedó más que salir corriendo y empezar a raspar la mantequilla, el queso, la salsa, y restregarlo en las paredes, dejando falsos rastros por las calles, por los parques, y se detuvo en una tiendecita a comprar tres latas de leche condensada, y temiendo ser cebra, siguió su desbocada huída, hasta que fue a desplomarse exhausto al rincón tenebroso de una estación de tren que nadie frecuentaba. Para borrar cualquier rastro de humanidad se echó la leche condensada encima y la untó por todo el cuerpo. Aliviado, el tal David se hundió en un profundo sueño.

Es una lástima que este tal David, entre tantas disecciones y tantas ideas fabulosas, no haya podido pensar por un momento que, si la cebra se revuelca en un charco de azúcar, acaso lograra despistar al cocodrilo, pero difícilmente evitaría ser devorada por las hormigas.

Monday, April 6, 2009

1997

Quiero volver, aunque sea por un instante, al 97. Sentarme en la terraza o en la berja, respirar el pastoso olor de los almendros y ver que cae la noche y sube una luna redonda y pálida. Que vuelvas a correr por la sala, por el comedor, que te metas a las alcobas y me vuelvas a ver allí, abstraído. Vuélvete a sentar al lado mío y acaríciame la rodilla. Pregúntame por qué Policarpa Salavarrieta en el billete de diez mil. Pídeme que salgamos a sentir esa brisa potente, huracanada, que te alza la faldita y alborota los cabellos.

Cabellos de león.

Quiero volver, aunque sea por un instante, a mi casa. Tratar de sentir que no soy más un extranjero. Que pertenezco o que me pertecenece. No tener que decir adiós. Sentarme en la terraza o en la berja, mirar el firmamento e imaginarlo rojo y apocalíptico, o genético, pero tranquilo, silente, extenso, eterno. Y entonces verte ahí, sentada al lado mío, como escudera de futuras guerras que al fin nunca peleamos. Quiero que me preguntes, infantilmente curiosa, de la vida precolombina, del cinturón de asteroides, de Anubis, de la goleada contra la Argentina.

Pídeme que te dibuje los efectos del viento solar. Que te haga castillos en la arena, que persiga cangrejos, que imite el cantar de ciertos pájaros. Pídeme cuentas y respuestas a multiplicaciones imposibles. Pregúntame el por qué de las auroras. Pídeme que te resuma las aventuras de Martín Romaña, y te explique las barbaridades de Willem de Kooning. Enrédame y has que me extienda, pero no dejes que me vaya. Pídeme que no me vaya.

Quiero volver, Cabellos de león, y no tener que decir adiós. Sin embargo, adiós.